Séptimo: de la Maldición de Lost In Translation

Se llamó Perdidos en Tokyo la edición que llegó a nuestro terruño. Me llamó la atención que la dirigiera y escribiera la hija de Coppola, me llamó también la atención que saliera Bill Murray y soy honesto, no sabía quién era Scarlett Johansson en ese entonces (sí, un error fatal, debería haber sido lapidado). Pero no recuerdo si me enteré tarde y ya no estaba en cartelera o nunca me percaté del momento en que llegó a las salas cercanas. Simplemente no le presté tanta atención.

Posteriormente esa desatención evolucionó y me mostraba más bien reacio a verla. Recuerdo que un primo me preguntó si ya la había visto y fue mejor dicho insistente, al grado de rentarla para que yo la viera. Mi reticencia me hizo tenerla “rentada” hasta el momento de la devolución sin siquiera abrir la caja del DVD (léase De Uve De). Era claro que estaba impedido para verla. No la había evitado a propósito, sencillamente mi preconsciente me alejaba.

Un buen día decidieron que Videocentro ya no era negocio y remataron sus títulos. Llegué por curiosidad para ver que encontraba. Ahí estaba, la misma copia que me había negado a ver una vez, mirándome desde el estante. Una cantidad ínfima de dinero me bastó para apoderarme de ella. Si lo sumamos a lo que me costó rentarla y no verla serían al rededor de ochenta pesos. Barato.

La ví por primera y única vez una tarde cualquiera de hace ya dos años aproximadamente, si no es que más y aunque no recuerdo la fecha exacta sí recuerdo el aluvión de emociones que me hizo sentir. No soy del tipo de llorar con una telenovela ni en el cine. No lloré. Sin embargo tenía mucho tiempo que no veía una película que se preocupara tanto por sí misma y tan poco por el público. Quizás alguien opinará diferente, quizás tiene algunas fallas, pero simplemente es una pieza de cine que se hace para beneplácito de quien lo realiza antes del observador.

Al escribir esto mi memoria me puede fallar y haber creado ya su propia versión de lo que viví. Pero algo es seguro, me movió. Al rodar los créditos me dije: “Esto lo tengo que ver con alguien que lo sepa valorar”. Lo que al poco tiempo se convirtió en “La tengo que ver con alguien importante para mí”. Una vuelta más y se había convertido en una especie de hechizo: “No la veré hasta que sea con una mujer por la que yo siemta algo especial y el hecho de que ella acepte verla significaría que siente lo mismo por mí.”

A la fecha sólo he invitado a una persona a verla y sobra decir que no la vimos. Es una película que sólo he visto una vez y que no obstante tiene un peso en mi persona. Probablemente cuando la vea otra vez ya no me cause lo mismo. No lo sé, pero me gustaría descubrirlo con alguien a quién le interese, si no por la trama, sí por lo que representa.

Tal vez nunca invite a alguien más. Habrá que esperar.

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