Apología del Platonismo Romántico

Disclaimer: Éste artículo no es (ni pretende ser) científico y toca puntos filosóficos que podrían ser sujetos a discusión. Se recomienda discreción.

Delimitar mi postura hacia el universo como estática o inmutable sería una falacia. La comprensión del todo por parte de los sujetos está sometida a constantes revisiones y, por ende, cambios. Sin embargo, se podría decir que, llegado a cierto punto, se conforma un núcleo más o menos consistente en la manera en que se interpreta el mundo.

De esta manera, es aceptable afirmar que veo el mundo desde una perspectiva “Nietzschiana” de las cosas (o al menos de una interpretación personal del autor), dónde la realidad puede ser aprehendida y la existencia está circunscrita por su propia finitud. En este marco, la trascendencia se puede dar solamente en el mismo plano de lo real y no hay una transmutación de la conciencia a un terreno ideal. Predando de la explicación de Cronenberg, La muerte es un fenómeno “de absoluta destrucción”.

Es aquí dónde nos encontramos ante la paradoja apologética del “Platonismo Romántico”. Si bien la postura que planteé satisface casi por completo mis cuestionamientos ontológicos, no lo es así con el romanticismo en tanto a expresión artística se refiere. Me explico, si bien se puede dudar del amor como un sentimiento, et cétera, no se puede prescindir de su valor conceptual, siempre que permite etiquetar lo inefable. Por derivación, su coste artístico es importante. No es que enuncie que efectivamente existe un amor ideal, perfecto o inmaculado que no podemos aprehender en esta vida más que por medio de distorsionadas percepciones, pero debo hacer una excepción al aplicar el “Necatorismo” al esta clase de platonismo si éste se encuentra al servicio lírico. De ninguna manera esto niega o contradice mi postura original, simplemente otorga una ventana estética para el uso de dicho constructo. En otras palabras, puedo aceptar “el amor perfecto” (o sus derivados) como algo bello sin que signifique necesariamente que creo en su existencia más allá del mundo real, de la misma manera que alguien aprecia a Hamlet sin creer en los fantasmas o estar ligado a lo paranormal.

Entonces, el hacer comentarios amorosos novelescos no obedece a una vana retórica, o a una conducta “donjuanesca”, sino a un placer inherente a la expresión de ellos. El hacer esas declaraciones sin creer en el amor no alberga intención oculta, estaría disfrutando de la articulación de los conceptos y el goce de compartirlos con quién es destinatario de ellos, lo que para el creyente debe significar no otra cosa sino amor.

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