De Intertextualidad y Petróleo

Una de las cosas que aprendí en la carrera de lenguas es sobre la intertextualidad. Dicho de una manera, son los textos que entremezclamos o insertamos a nuestro discurso. Hay ejemplos prácticamente de libro de consulta que sirven para entenderlo. Decir en el medio de una conversación “te defenderé como a un perro” con tono lastimosamente triste y sobreactuado hace una referencia directa al famoso e infame informe presidencial de López Portillo. De una manera muy explícita, incorporamos un “texto” previo en el nuestro y  le damos diferentes usos, que de cierta manera, nos permiten crear con elementos previos, un nuevo discurso.

Algunos autores mencionan que la intertextualidad no sólo se encuentra en esos ejemplos tan obvios. Se encuentra también en el estilo al hablar y en cualquier elemento de nuestro propio discurso que nos pueda remitir a uno hecho anteriormente. Algunos literatos afirman que el mismo idioma es una fuente de intertexto, pues establece de alguna manera la tradición. Los sonidos y las mismas palabras y reglas del idioma marcan una base previa.

De cierta manera, podemos decir que el discurso que creamos y nuestra habla se encuentran bajo dos extremos. En un extremo, tenemos la tradición, que representa todas nuestras fuentes, cosas que hemos escuchado, leído y que hemos aprendido. En el polo opuesto está la creación, lo nuevo,  lo que rompe y genera: llamémoslo así, nuestra aportación, lo que nunca se había visto.

Es imposible vivir exactamente en uno de los polos. Si uno se encuentra en la “tradición”, no está generando nada y las situaciones en las que se produce el lenguaje tendrían que ser las mismas que en el original. Si uno está en el polo opuesto, es inentendible para el que escucha, porque no tiene sustentos o puntos de apoyo para tener conocimiento de lo que se intenta decir.

De alguna manera el intertexto forma parte de nuestra historia y de entender y ver la realidad. Es la herramienta con la que entendemos al mundo y forma nuestros conocimientos a partir de los cuales nos proyectamos.

En el caso específico de las privatizaciones puedo decir, por mis textos anteriores, que en México, nunca han funcionado. Recuerdo que una vez estuve discutiendo álgidamente sobre las implicaciones de una privatización o de un “apoyo del Sector Privado” a PEMEX. Me aseguraba que si se hacía bien, la privatización del petróleo podría ser una de las cosas más benéficas que podrían suceder en el México. Yo tenía mis dudas al respecto. Lo que me ha dicho la experiencia previa y el texto previo es que esto no funcionaría y que seguramente tendría más problemas que beneficios. En sí, terminamos como en cualquier conversación de puntos radicalizados. Él creyendo que tiene la razón, y yo creyendo que tengo la razón, sin ceder un centímetro. Ahora tengo a mi favor a British Petroleum. En un evento sin precedentes, ocurrió una desgracia ecológica equiparable en magnitud a la devaluación del ’94. Una empresa privada, como las que tanto apoyan nuestros tecnócratas fue la responsable de llenar nuestro golfo (y no me refiero a ninguno de sus parientes) de petróleo. ¿Terrible? Sí. ¿Cimbró? De ninguna manera.  El desastre sirvió para colocar pajaritos llenos de chapopote en primeras planas, hacer que los niños hagan  dibujitos de delfines sonrientes y que algunos grupos  ecologistas desempolvaran sus pancartas. Nada diferente a las manifestaciones fugaces que tenemos casi de manera calendarizada. A la fecha no he escuchado de alguna acción legal que prevenga de desastres como éste. No ha habido alguna especie de inspección de calidad a nivel nacional a las plantas petroleras y de extracción. Simplemente fue un accidente y aquí no pasa nada. Por muy grave que sea este hecho, las acciones no pasaron de un manazo (en materia económica) y un “niño malo” a la empresa. Actualmente se están enviando barriles al fondo del mar para  cubrir el boquete. El daño ya está hecho, quedando varias dudas. ¿Se va a seguir pensando que la privatización del petróleo es la mejor manera de  eficientizar la planta? ¿Se van a seguir regalando las perlas de la patria a extranjeros? ¿Veremos las mismas recetas a nuestros problemas, que tanto daño hacen? Las respuestas, aunque impliquen un poco de bolas de cristal,  creo que no son esperanzadoras. Si algo tan terrible y tan grave pudo pasar sin mayor problema, cualquier cosa que implique menos daño puede resbalar y suceder sin que nos demos cuenta siquiera.

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