De cómo murió el fútbol con un chivito

Disclaimer: Le “voy” a los Pumas. Entrecomillado el irle al equipo porque realmente es uno que más o menos identifico y me agrada, pero no hay realmente una  filia hacia club de fútbol alguno.

Decir: “juegan las Chivas contra el América” o “está jugando el Puebla”, quería decir algo. Durante mucho tiempo consideré que la playera, el equipo o el nombre del club tenía algún tipo de significación. Tal equipo es de pases largos, este equipo es un tanto marrullero, estotro es de chicos y esta bola de nacos es de jugadores comprados como pastiche. El decir el nombre e un equipo superaba los nombres de los jugadores de las playeras: era identidad, carácter, distinción. Un algo etéreo que los diferenciaba del resto de las playeras.

Tristísima equivocación.

Permítanme llevarlos a mi infancia. Verano de 1997. Época dorada y de abundancia para el equipo de las súperchivasrayadasdelguadalajara (La frase era repetida con tal fuerza que parecía una sola palabra). El equipo se veía con una fortaleza enorme y lidereando al equipo estaba en el corazón de la cancha Ramoncito Ramírez. Ramón, hábil y enjundioso en cada toque al balón no sólo era sinónimo de las Chivas: parecía que de su piel manaban tiras blancas y rojas. Uno y otro se tornaron sinónimos. Ramón Ramírez era símbolo máximo del equipo del Guadalajara.

Verano del 98: Ramón no sólo es símbolo máximo del Chivas en una época dorada. Pareciera como si el nombre Ramón Ramírez fuera el apellido del equipo. Las chivas de Ramoncitorramirez. Si hay algo semejante a terreno sagrado, debería ser algo tan insigne como ese personaje. No era descabellado que alguien lo conociera como el pastor del rebaño sagrado.

Fatídico 1999. Ramón Ramírez antes descrito, es vendido nada más ni nada menos que a las pelonas, amarillas y putrefactas Águilas del América. Mi infancia futbolista quedó ultrajada y con sus esfínteres aún adoloridos. Que el personaje más representativo de los wonder years de un equipo, pasara a su acérrimo y jurado rival, destruyó parte de mi infancia. Recuerdo incluso hubo algo semejante a un ramongate que promovía una cooperativa para recomprar al jugador. México quedó en un estado de shock. Yo sigo sin salir de él.

Ese fatídico evento decapitó inmisericorde cualquier pretensión de existencia de algo que podamos definir como equipo. Las chivas dejaron de existir y en su lugar quedó una envoltura rojiblanca de piezas genéricas intercambiables.  Seguir a un equipo o decir que odias a un equipo pierde todo significado. Apoyar a un equipo me resulta no sólo inútil También es construir sueños sobre espejismos.  Si el mismo equipo y los jugadores no tienen pundonor o amor a la camiseta, Si cada miembro del equipo es solamente una tuerca intercambiable rodeado por una bolsa de color, no hay tal cosa como equipo. Bien podrías decir voy rojos o azules o púrpuras, como si apostaras a solamente a una paleta de colores elegida aleatoriamente. El soccer, en cuanto a fanatismo o amor a un equipo, dio su ultimo respiro en ese año.

Sólo naciones jugando en un mundial tienen sentido realmente ahora. Estos son mexicanos, estos son los ‘inches gringos, acá juega la magia brasileña, los italianos y su juego defensivo ganador… Así sí le entro. Cuando reconozco alguna especie de bandos.

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